Bases para el estudio de la Literatura Hispanoamericana

Auguste Villiers de L’Isle-Adam. Cuentos crueles (1883) 15, marzo 2008

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Rubén Darío lo incluyó en Los raros (1896), manifestando especial admiración por su novela La Eva futura (1886) y por los Cuentos crueles.

Lo siento pero ninguna de las biografías que he encontrado en la red me parece mínimamente aceptable: si queréis saber más sobre Villiers lo mejor es que os leáis Los raros.

 

Una muestra de su talento:

La Tortura de la Esperanza
(La Torture par L’Esperance)

Hace ya muchos años, un día al caer la tarde, el venerable Pedro Arbuez D’Espila, sexto prior de los Dominicanos de Segovia,  tercer Gran Inquisidor de España, seguido por un fraile redentor, y precedido por dos parientes de Su Santidad, el último de ellos llevando un farol, hicieron su entrada en una catacumba subterránea. Crujió la cerradura de una enorme puerta, y ellos ingresaron en una celda donde la luz mortecina revelaba, entre anillas sujetas a la pared, un potro de tormento manchado de sangre, un brasero y una botija de barro. Sobre un montón de paja, cargado con grilletes, y con su cuello circunvalado por un aro metálico, estaba sentado un hombre muy demacrado, de edad incierta, vestido sólo con harapos.

Este prisionero no era otro que Rabbi Aser Abarbanel, un judío de Aragón, quien fuera acusado de usura e impiedad por los pobres, y que había sido sometido diariamente a torturas por más de un año. Aún “su ceguera era tan densa como su recato” y se negaba a abjurar de su fe.

Orgulloso de una ascendencia que databa de cientos de años, orgulloso de sus ancestros, todos judíos dignos de su nombre, él descendía,  según el Talmud, de Otoniel, y consecuentemente de Ipsiboa, esposa del último juez de Israel, circunstancia que había acrecentado su coraje en medio de las incesantes torturas. Con lágrimas en los ojos, el venerable Pedro Arbuez D’Espila, dirigiéndose al estremecido rabí, le recomendó:

– Hijo mío, alégrate: tu proceso está por llegar a su fin. Si en la presencia de tal obstinación fui forzado a permitir, con profundo desagrado, el uso de gran severidad, mi tarea de fraternal corrección tiene sus límites. Tú  eres la higuera que, habiendo fallado en muchas temporadas en dar sus frutos, al final se marchitó, pero solamente Dios puede juzgar tu alma. Tal vez, la Infinita Piedad brille sobre ti en el último momento. Nosotros así lo esperamos, hay ejemplos de ello. Entonces duerme bien por la noche. Mañana serás incluido en un auto de fe: esto es, serás expuesto al quemadero, las llamas simbólicas del Fuego Eterno: sólo quema, mi hijo, a la distancia; y la Muerte tardará al menos dos (hasta tres) horas en venir, debido a los vendajes húmedos y helados con los que envolvemos las cabezas y corazones de los condenados. Habrá otros cuarenta y tres contigo. Te ubicarás en la última fila, para que tengas tiempo de invocar a Dios y ofrecerle a Él tu bautismo de fuego, que será del Espíritu Santo.

Con estas palabras, habiendo señalado a los guardias que desencadenaran al prisionero, el prior lo abrazó tiernamente. Entonces fue el turno del fraile redentor, quien, en un tono bajo, oró por el perdón para el judío al que se había hecho sufrir con el propósito de redimirlo; entonces los dos familiares del Papa silenciosamente lo besaron. Tras esta ceremonia, el cautivo fue devuelto, solitario y desconcertado, a la oscuridad.

Rabbi Aser Abarbanel, con labios doloridos y el rostro consumido por el sufrimiento, al principio se quedó mirando fijamente las puertas cerradas de su celda. ¿Cerradas? La palabra inconscientemente rozó un vago capricho en su mente, el capricho que había tenido por un instante al ver la luz de las linternas a través de una grieta entre la puerta y la pared. Una mórbida idea de esperanza, debida a la debilidad de su mente, se agitó en su entera humanidad. Se arrastró a través de la extraña visión. Entonces, muy cautelosamente, deslizó un dedo en la hendidura, provocando la apertura de la puerta delante de sí. ¡Maravilloso! Por un extraordinario accidente el que la cerró había girado la pesada llave de manera que el pestillo no había entrado en el hueco, y las puertas cedieron sobre sus bisagras.

El rabí se aventuró con la mirada hacia afuera. Con la ayuda de un polvillo luminoso, distinguió primeramente un semicírculo de paredes a través de las que se proyectaba una escalera; y frente a él, en la cima de seis peldaños de piedra, una especie de portal negro, que se abría a un inmenso corredor, cuyos primeros ángulos eran visibles desde abajo.

Esperanzado se arrastró hasta el umbral. Sí, era realmente un corredor, pero parecía interminable. Una anémica luz lo iluminaba: eran lámparas suspendidas desde el abovedado cielo raso que iluminaban a intervalos el deslucido matiz del ambiente, la distancia estaba cubierta de sombras. No había una puerta en todo el pasillo. Unicamente, a un lado, el izquierdo, había pesadas troneras enrejadas, hundidas en las paredes, que dejaban pasar una luz que bien podía ser de la tarde. ¡Y qué terrible silencio! La vacilante esperanza del judío era tenaz ya que podría ser la última.

Sin dubitación, se aventuró en el pabellón, siempre bajo las troneras, tratando de convertirse a sí mismo en parte de la oscuridad de las paredes. Avanzó lentamente, arrastrándose cuerpo a tierra, acallando los gritos de dolor cuando alguna herida abierta enviaba una aguda punzada a través de su cuerpo.

Súbitamente el sonido de unos pasos que se acercaban alcanzó su oído. Tembló violentamente, y el miedo se reprimió, su vista se nubló. Bien, eso fue todo, no había duda. Se comprimió en un hueco, y medio muerto de miedo, esperó.

Era uno de los parientes, que venía apresurado. Pasó velozmente, llevando en la mano fuertemente asido un instrumento de tortura, una espantosa figura, y luego desapareció. El pánico del rabí pareció haber suspendido sus funciones vitales, y permaneció cerca de una hora incapaz de moverse. Temiendo que las torturas se reiniciaran si era atrapado, pensó en regresar a su calabozo. Pero la vieja esperanza susurraba en su alma ese divino “tal vez” que nos consuela en las horas de peor dolor. Un milagro se había operado. Él no tenía que dudar ya más. Comenzó a reptar hacia su oportunidad de escapar. Exhausto por el sufrimiento y hambriento, estremecido del dolor, se apuró por continuar. El sepulcral corredor pareció extenderse misteriosamente, mientras él, aún avanzando, miraba en la oscuridad por dónde había más posibilidades de escape.

¡Oh, oh! Nuevamente escuchaba pasos, pero esta vez eran más lentos, más pesados. Las formas negra y blanca de dos inquisidores aparecieron, emergiendo de la oscuridad. Estaban conversando en tono bajo, y parecían discutir sobre algún asunto importante, ya que gesticulaban con vehemencia.

En vista de este espectáculo, Rabbi Aser Abarbanel cerró sus ojos; su corazón latía tan violentamente que casi lo estaba sofocando; sus harapos se humedecieron con el sudor frío de la agonía;  permaneció inmóvil pegado a la pared, la boca abierta, bajo los rayos de una lámpara, rezando al Dios de David.

Justamente enfrente a él, los dos inquisidores hicieron una pausa bajo la luz de la lámpara, indudablemente debido a algún accidente durante el curso de sus argumentaciones. Uno, mientras escuchaba a su compañero, contempló al rabí. Y, bajo su vista, éste se imaginó de nuevo sintiendo las ardientes tenazas quemando sus carnes, era una vez más un hombre torturado. Desfalleciente, casi sin aliento, con los párpados trémulos, se estremeció al contacto con la sotana del monje. Pero, extrañamente aunque por un hecho natural, la mirada del inquisidor no había sido sino la de un hombre evidentemente absorto en su conversación, fascinado por lo que estaba escuchando; sus ojos quedaron fijos y parecieron mirar al judío sin llegar a verlo.

De hecho, tras el lapso de un par de minutos, las dos oscuras figuras lentamente siguieron su camino, todavía conversando en vos abaja, hacia el mismo lugar del que el prisionero venía. No había sido visto. Entre la horrible confusión en la mente del rabí, la idea se disparó en su cerebro: ‘¿Puedo estar muerto puesto que ellos no llegan a verme?’ Una horrible impresión lo atacó desde su letargo: mirando hacia la pared contra la cual su cara se había pegado, imaginó estar en presencia de dos feroces ojos que le miraban. Volvió su cabeza hacia atrás en un súbito frenesí de pavor, su cabello se encrespó. ¡Aún no! No. Su mano estuvo a tientas sobre las piedras: era el reflejo de los ojos del inquisidor, aún impresionados en su retina.

¡Adelante! Tenía que darse prisa hacia su ilusión de salvación, a través de la oscuridad, ya que estaba a unos treinta pasos de distancia. Imprimió más velocidad a sus rodillas, a sus manos, para poder verse a salvo de aquella pesadilla, y pronto entró en la porción de penumbra del terrible corredor.

Súbitamente el pobre miserable sintió una ráfaga de aire frío en las manos; venía desde bajo la pequeña puerta que estaba al final de las dos paredes.

Oh, Cielos, si esta puerta pudiera ser abierta. Todos los nervios del miserable cuerpo del fugitivo se tensaron en la esperanza. Examinó la puerta desde el piso hasta el marco superior, apenas era capaz de distinguir su contorno a pesar de la oscuridad reinante. Pasó su mano sobre la puerta: no tenía cerradura, ¡no había cerradura! ¡Un picaporte! La empujó, el picaporte cedió a la presión de su pulgar: la puerta silenciosamente se abrió delante de él.

– ¡Aleluya! -murmuró el rabí en una muestra de gratitud desde el umbral, mientras contemplaba la escena delante de él.

La puerta se había abierto a un jardín, enmarcado en un cielo estrellado, ¡en primavera, libertad, vida! Se revelaban los campos vecinos, donde se dilataban las sierras, cuyas sinuosas líneas azules se recortaban contra el horizonte. ¡Por fin la libertad! ¡Oh, la huida! Podría pasar toda la noche bajo los limoneros, cuyas fragancias lo embargaban. Una vez en las montañas estaría libre y seguro. Inhaló el delicioso aire; la brisa lo revivió, sus pulmones se expandieron. Y para agradecer una vez más a Dios que le hubiera otorgado su Gracia, extendió sus brazos, elevando sus ojos al Cielo. ¡Fue un éxtasis de felicidad!

Entonces imaginó que veía la sombra de sus propios brazos acercarse a sí mismo, creyendo que estos oscuros brazos lo rodeaban, y cómo era afectuosamente presionado contra el pecho de alguien. Una figura alta estaba frente a él. Bajo los ojos, y permaneció inmovil, jadeando para respirar, deslumbrado, con la vista fija, atontado por el terror.

¡Horror! Estaba entre los brazos del Gran Inquisidor, el venerable Pedro Arbuez D’Espila, que lo contemplaba con ojos húmedos de lágrimas, como un buen pastor que ha encontrado a su oveja descarriada.

El oscuro sacerdote atrajo al desventurado judío contra su corazón con enorme fervor, con un arranque de amor, y el filo de la toga friccionó el pecho del domínico. Y mientras Aser Abarbanel con ojos desorbitados gemía en agonía en el abrazo del místico, vagamente comprendió que todas las fases de su fatal tarde fueron únicamente parte de una tortura premeditada, la de la Esperanza. El Gran Inquisidor, con un acento de reprobación y una mirada de consternación, murmuró en su oído, con el aliento árido y ardiente por un largo ayuno:

– ¡Qué, hijo mío! En la víspera, probablemente, de tu salvación, ¿deseabas dejarnos?

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